Sus Obras
Arriba Testimonios Solarium

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

Principal
Biografia
Congregacion
Sus Obras

 

Sus Obras

 

Beata Sor Ludovica 

 El ángel de los niños enfermos

Una humilde religiosa italiana, de las Hijas de Nuestra Señora de la Misericordia, animada por un elevado amor a Dios y al prójimo, transformó dos simples salas con capacidad para sesenta camas en un pujante centro de salud con 25 servicios y atención a seiscientas personas. Es el Hospital de Niños de La Plata que hoy lleva su nombre.

 

Sor María Ludovica (1880-1962)

El 14 de noviembre de 1907, su congregación la envió a la Argentina, integrando un reducido grupo de religiosas que arribó al puerto de Buenos Aires el 4 de diciembre siguiente, encaminándose a la ciudad de La Plata donde, llamada por las damas de la Sociedad de Beneficencia, se incorporó al incipiente Hospital de Niños local, fundado el 6 de septiembre de 1887.

De la cocina a la Administración

Las modestas instalaciones, más allá de un simple alambrado, se limitaban a dos salas de madera bajas y chatas con solo sesenta camas, en el que atendían seis médicos y dos enfermeras. Fue entonces que se le destinó al lugar más humilde del centro de salud, la cocina y la despensa, donde se ocuparía de preparar los alimentos para internados y residentes.

Sor Ludovica comenzó a visitar, primero esporádicamente y luego de manera más asidua, las salas de niños enfermos descubriendo en ellas las carencias y necesidades que padecían, consolándolos con afecto maternal. Tal fue su actitud, que en 1909 el doctor Carlos Cometto, director del nosocomio, la propuso como administradora, cargo que la religiosa italiana intentó rechazar por no considerarse capaz.

Nada más lejos de la realidad

Conociendo de cerca las carencias que el Hospital de Niños padecía, Sor Ludovica inició una serie de obras tendientes a su ampliación, solicitando la colaboración de la población platense. Para ello, recorrió la capital provincial sobre un rústico carro tirado por caballos, con el que visitó comercios, almacenes, tiendas, fábricas y principalmente, familias, requiriendo ayuda material para llevar adelante su misión en pro de los niños enfermos. La obtuvo, y de esa forma, la institución a su cargo comenzó a experimentar sus primeras mejoras. rifas, donaciones y festivales incrementaron los ingresos con el que las obras emprendidas se aceleraron notablemente.

Cuando entre 1924 y 1925 la administración del Hospital pasó a depender del Ministerio de Salud Pública de la Provincia de Buenos Aires, la población de La Plata en general y la del Consejo de administración en particular, solicitaron que la religiosa permaneciese al frente de su administración, petitorio que encontró eco favorable, para bien de los pequeños internados que en ella tuvieron a una madre y benefactora.

Según palabras del Dr. Raúl Romero, Sor Ludovica supo brindar al Hospital de Niños una calidez especial con la que se superó la típica frialdad de esas instituciones, estableciendo con éxito el espíritu de familia entre internados, médicos, enfermeros y directivos.

En Europa

En 1935 Sor Ludovica fue operada de un tumor en los riñones, del que se recuperó totalmente, para regresar a sus funciones de administración hospitalaria con más fuerza que nunca, ello después de un viaje de descanso a su Italia natal que, por orden expresa de su superiora, se vio obligada a realizar, Además de visitar a su familia y reencontrarse con viejos conocidos, Ludovica se dedicó a recorrer hospitales, sanatorios y laboratorios y a estudiar las obras dedicadas a recuperar niños enfermos, con la intención de poner en práctica en la Argentina, otras de iguales características, objetivo que logró exitosamente a su regreso, lo mismo que el solario de Punta Mogotes, para la recuperación de niños débiles.

Una de sus iniciativas de mayor envergadura fue hacerse cargo de los niños pobres que sus padres llevaban al Hospital y que luego abandonaban, sin volver a retirarlos. De su crianza y educación se ocupó personalmente, para que en el futuro desarrollasen un oficio con el que pudiesen ganarse la vida.

También se ocupó por el estado de abandono espiritual en el que se encontraban los chacareros de City Bell, donde, en una de las esquinas de la quinta y granja que instalara a fin de obtener productos de primera calidad para sus niños, construyó una capilla y puso en marcha una misión.

En el Hospital de Niños de La Plata, todo fue obra concebida, dirigida y obtenida, por la madre Ludovica.

Todo es obra de Sor Ludovica 

En 1951 el ministro de Salud Pública de la provincia, Dr. Carlos Boccalandro, emitió un decreto por el que se le imponía al Hospital de Niños, el nombre de Sor Ludovica, iniciativa que contó con el acuerdo y beneplácito de todo el pueblo de La Plata. Sin embargo, la religiosa se opuso a ello tenazmente, amenazando con regresar para siempre a Italia si la iniciativa se concretaba.

Recién después de su fallecimiento, acaecido el 25 de febrero de 1962, cuando contaba 82 años de edad, el merecido homenaje pudo realizarse. Durante su sepelio, el Dr. Carlos Boffi, director del Hospital, manifestó que por entonces funcionaban 25 servicios con capacidad para 600 enfermitos. Todo es obra concebida, dirigida y obtenida, por la Superiora, madre Ludovica.

 

 

   Sor María Ludovica en City Bell

El 16 de septiembre de 1937, de acuerdo con el director del Hospital, Dr. Alejandro Oyuela, Sor María Ludovica se dirigió al Ministerio de Obras Públicas para solicitarle, a través del Sr. Longhinotti la cesión de una quinta en City Bell, a 8 Km. de La Plata, para la instalación del solario.

En mérito de móviles tan altamente humanitarios, acompañada por Sor Juana Pastorino, se dirigió para ver las chacras, encontrando un sector baldío y otro sembrado con papas. Había allí un hombre, Sor Ludovica lo llamó y le preguntó si el terreno era suyo. El hombre respondió que no, entonces añadió Sor Ludovica: Buen Señor, cuando termine de levantar la cosecha, no siembre, porque este terreno ha sido donado al Hospital de Niños.

Se iniciaron los trabajos para levantar una vivienda para el casero con el confort necesario. Para ello aprovecharon los materiales de demolición de un sector de la Casa de Gobierno recibidos en donación: maderas y tirantes. Una vez terminada la casa del encargado, se confió el cargo al Sr. Luis Pascoli.

Se cercó el terreno con alambre tejido, se levantó un galpón para depósito y se preparó la tierra para la plantación de frutales.

Sor Ludovica, desde pequeña, tenía conocimientos en el cuidado de la granja y el trabajo de la tierra, es por esto que quería transformar los terrenos de City Bell en una quinta para hortalizas sanas y frescas, para frutas abundantes y en una granja para la cría de aves y cerdos. De esta manera brindaría a "sus niños" huevos, pollos y embutidos de cerdo, todo de primera calidad.

Durante 19 años, día por medio, iba personalmente a la chacra y siempre regresaba con las canastas llenas de huevos y hortalizas y en la temporada de los tomates preparaba la conserva para todo el año. Aprovechaba el viaje para llevarse un grupo de niños para dar un paseo, mientras ellos correteaban y retozaban por el campo, ella solucionaba los problemas locales. También aprovechaba la ocasión para enseñar a los niños los trabajos livianos, como juntar huevos, recolectar tomates, des brotar, dar vueltas a las batatas para que no se echaran a perder, ayudar en las faenas de los cerdos, etc.

Los domingos con los productos que daba la granja preparaba unos ricos ravioles con estofado de pollo y salsa, todo casero. Mientras, las plantaciones de frutales y de árboles para el parque crecían y la construcción de la vivienda y del galpón progresaban, Sor Ludovica empezó a ponderar el abandono religioso en que vivían los chacareros y se preocupó por proveerlos de particulares atenciones. Si los niños enfermos merecen todo lo mejor para su recuperación, las almas enfermas, por las que Cristo derramó su Sangre redentora, lo merecen mucho más, infinitamente.

La zona de City Bell carecía de todo signo religioso, por eso le ofreció al Arzobispo de La Plata, Monseñor Francisco Alberti, su colaboración y la de las hermanas del Hospital y ante la falta de un local adecuado, obligó a levantar una carpa.

Como consecuencia de los resultados obtenidos, surgió la idea de levantar una capilla. Se solicitó permiso al Poder Ejecutivo para levantarla en uno de los ángulos de la chacra y se trazaron los planos que fueron aprobados por la autoridad civil.

El primero de julio de 1938 se comenzaron los trabajos de excavación. las dimensiones de la capilla son 30 metros de largo por 8 metros de ancho, incluyendo la sacristía.

El constructor de la obra fue Antonio Francese, quien no sólo era el hombre de confianza de la Superiora sino que también financiaba las obras que ella poco a poco iba pagando. Ludovica corrió con toso los esfuerzos, sacrificios y trajines, corría de una parte a la otra para procurar materiales, buscar donaciones. Toda la ciudad de La Plata apadrino la obra de la capilla con sus aportes.

En tiempo record se construyó la misma con materiales de primerísima calidad, los altares se adornaron con finos mármoles de ónix, en el altar mayor se encuentra una bellísima imagen del Sagrado Corazón de Jesús, la cual fue donado a Sor María por los médicos y personal del Hospital de Niños, al igual que una gran imagen de un Cristo crucificado que se encuentra en la parte de atrás por disposición de Sor Ludovica y los bancos fueron donados por un grupo de ciudadanos platenses.

El 7 de mayo de 1939 el nuevo Arzobispo de La Plata, Monseñor Juan Pascual Chimento, en medio de la alegría vecinal y de todo el Hospital de Niños inauguró el nuevo templo dedicado para esta ocasión al Sagrado Corazón de Jesús. Algunos empleados, enfermeras y jóvenes, formaron un coro bajo la dirección de la Hermana Anacleta, quien ejecutaba el armonio. Fue todo un acontecimiento musical, quienes componían el coro eran todos entusiastas aficionados y el resultado fue excelente, siendo una de las voces el adolescente Roberto Speroni, quien luego llegara a ser un ilustre escritor y poeta.

Sor Ludovica acordó con Monseñor Plaza ceder la capilla, levantada al Sagrado Corazón para convertirla en cede parroquial, ella en persona se ocupó de realizar los trámites para transferirla del Hospital de Niños al Arzobispado y obtuvo del Gobierno Provincial el traspaso en el año 1961.

El primer párroco fue el Padre José Dardi, virtuosísimo sacerdote y gran admirador de la obra de Sor Ludovica, quien le manifiesta en una carta: "su profundo agradecimiento por esa obra exclusivamente suya y le ruega quiera continuar su tan preciosa y necesaria asistencia a la parroquia y a la feligresía.

El Padre Dardi continuó con la obra de Sor Ludovica y ella lo acompañó en sus primeros tiempos y luego se ocupó de lleno al Hospital de Niños, sabiendo que los citibelenses quedaban en excelentes manos, en las manos de un hombre piadoso que siguió trabajando para que la Palabra de Dios llegara a todos los corazones. (Padre Néstor Sestakauskas)

 

Sor María Ludovica en Mar del Plata

Debido a que le extirparon un riñón, fue obligada a tomar un breve descanso en Mar del Plata. Sintiendo en sí misma las bondades del mar, del aire yodado y de los rayos solares, pensó en estos beneficios para que disfrutaran los niños del Hospital atacados por problemas óseos, débiles y raquíticos.

Se embarcó así en el proyecto de un solario marítimo. Fue una lucha titánica de siete años, debido a muchas oposiciones, pero con su voluntad tenaz y con las oraciones pedidas por ella a los enfermos y al Hospital, se vencieron los obstáculos y se inauguró en 1943. Sor Ludovica sabía que sanar el espíritu es más beneficioso que curar las enfermedades. Por eso, hizo construir una capilla que dedicó a San José.

El Solario era un anexo al Hospital de Niños y ella era la responsable como administradora. Viajaba dos veces por mes en un vehículo al que llamaba cañoneta, iba siempre cargada de niños. Logró que en el mismo Solario funcionara una escuela para que no se atrasaran los que permanecían tiempo internados. Situación similar se vivía en el Hospital.

Sor Ludovica aprovechaba la vecindad del puerto para procurarse canastas de pescados frescos y baratos. Enseñaba a las empleadas a prepararlos y trabajaba a la par de ellas. (Extractado del libro "Beata Ludovica De Angelis")