El Milagro
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Cuadro de texto: Una curación milagrosa
En mayo de 1988 nació en La Plata, una niña con graves trastornos de salud, entre ellos la espina bífida y las vías urinarias, la vejiga y uno de sus riñones, sumamente deteriorados, agravando el cuadro la inmovilidad de sus extremidades inferiores. A los dos meses los médicos la operaron para colocarle una cánula por medio de la cual, su sistema urinario trabajaría un poco mejor.
Cuando la niña tenía nueve meses, un tío suyo, médico del Hospital de Niños, fue a ver a la hermana Emilia Paternostro, sucesora de sor Ludovica y notaria de su proceso de canonización, para pedirle que rezara por su sobrina. 
La hermana Emilia así lo hizo, no sin antes darle las llaves del cementerio para que llevasen a la niña a la bóveda que guarda los restos de la religiosa y rezasen ellos también. Al hacerlo, después de ingresar, colocaron a la pequeña en el suelo, junto al sarcófago de Ludovica y al instante, comenzó a mover sus piernas. Pero lo que más sorprendió a los presentes fue ver a la niña apoyarse en el ataúd y ponerse de pie. A los 20 meses de edad, caminaba perfectamente. 
A partir de entonces, la familia siguió rezando a la religiosa italiana todos los días ya que la niña seguía padeciendo serios problemas. 
Al cumplir cuatro años, los médicos comprendieron la necesidad de extirparle un riñón e intentar reconstruir su vejiga. Cuando todo estuvo listo para la intervención, una infección surgida a último momento impidió que la misma se concretase. 
Cuando a los tres meses la niña volvió para ser conducida al quirófano, los médicos, sorprendidos, comprobaron que la vejiga y el riñón funcionaban perfectamente. Solo se le implantaron los uréteres, con lo que la curación fue completa. Estudios exhaustivos realizados por científicos demostraron que se había restablecido milagrosamente. El Señor había obrado un prodigio en ella a través de sor Ludovica.
 
El Milagro

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

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Entrevista realizada en Roma a los protagonistas del milagro de la beatificación de María Ludovica

Sra. R. D. R. (Madre de la niña que recibió el beneficio del milagro) Doctor A. F. B. (Médico que atendió a la niña )

 

"La joven A. C. fue curada por intercesión de la Madre María Ludovica de Angelis".

    El 3 de octubre de 2004 Juan Pablo II beatificó a la Madre María Ludovica de Angelis junto con otros cuatro nuevos beatos.

    El mismo día, en la plaza de San Pedro, tuvimos la oportunidad de conocer el milagro que había decidido la beatificación de esta religiosa italiana, que desarrollo en La Plata, Argentina su obra de caridad en un hospital para niños. La madre de la niña milagrosamente curada por la Madre Ludovica y el médico que la atendió (ambos argentinos) nos contaron, en una larga conversación, el camino de fe que habían seguido hasta llegar a aquella jornada inolvidable de la beatificación de María Ludovica.

    La mujer de fe probada y el médico oscilante entre el positivismo científico y la necesidad de la fe, nos cuentan cómo Dios enredó los hilos de sus vidas para llevarles al fin a un desenlace inesperado y feliz.

-R. ¿Cómo comenzó todo?

    Comenzó en el año 1988. Mi hija, A., nació con una patología que se llama mielomeningocele. A causa de esa enfermedad tenía colocada una válvula por una hidrocefalia. Tenía también una vejiga neurogénica y afectados los miembros inferiores.

-Usted ¿Cómo lo vivió?

    ¡Ah terrible! ¡Terrible! Yo era madre primeriza. Tenía 22 años. Y las mismas expectativas que tienen todas las mamás primerizas de tener un hijo y de que todo fuese bien. Y bueno, nos encontramos con el diagnóstico de A.. No podía orinar sola, decían que no podría caminar, ni hacer una vida normal, no a esto, no a lo otro... eran todos no. Por ende, lo único que había que hacer era esperar que el tiempo pasara para ver la evolución. En realidad yo tenía la fe de que nada malo iba a pasar. En el transcurso de los años yo me planteaba si me estaba negando a la realidad de la enfermedad que tenía; si es que me estaba volviendo loca, que también podía ser, o es que verdaderamente algo me decía que no iba a pasar.

-¿Lo vivió todo con fe? ¿Cómo era su fe por aquel entonces?

    Al principio yo me enoje. Hice lo mismo que hace mucha gente: me parecía injusto. "¿Y por qué a mí?", preguntaba. Lo mismo me estoy preguntando hoy, por qué a mí, a nosotros, nos toca pasar por esta situación tan maravillosa. Pasé por todos los estados. Creía y no creía, estaba muy enojada con Dios, sentía que me había abandonado. Entonces un día me encuentro con una amiga que es salesiana, que siempre aparecía en mi vida en el momento en el que yo estaba ya tirando la toalla. Ella me hablaba de Dios pero yo no me atrevía a decirle que estaba enojada con él. Hasta que ese día nos pusimos a charlar y le dije: "Mira yo te tengo que decir la verdad: yo no sé si creo o no creo, pero tengo una fuerza acá que es lo que lleva para adelante". Entonces me mira y me dice: "Eso es Dios". Y ahí fue como que se me abrió la cabeza. Me dije: "¿Qué estabas esperando, que se te apareciera alguien y te dijera: Mira yo soy Dios? ¡Ahora confío!". Así que bueno, a partir de ese momento tuve conciencia de que no estaba sola y que lo que me movía a seguir adelante, a pesar de todo, era eso, la Fe.

-Cómo entró en contacto con la Madre María Ludovica?

    Yo llegué a Ludovica a través de mi hermano que es médico pediatra y conocía sus milagros. La Hermana Emilia Paternosto, del Hospital de Niños de La plata "Sor María Ludovica", le ofreció la llave de la bóveda (donde estaba su sepultura) para llevar a A.. Así que, bueno, la llevamos allá cuando tenía nueve meses. Entramos a la bóveda, nos pusimos a rezar y mi hermano me pidió que dejara a A. en el suelo. A., hasta el momento, no se ponía de pie. Ese día, mientras estábamos rezando, se alzó por primera vez. Ese fue un acontecimiento que nos llamó poderosamente la atención.

-¿Siguió mejorando la niña a partir de entonces?

    La evolución iba siendo buena. En el año 92 el Doctor A. B. tenía que operarla de vejiga, porque tenía hecha una derivación vesical al exterior por donde orinaba y ahora había que cerrársela y hacer un implante de uréteres. Le iba a hacer también una ampliación de vejiga y extirparle un riñón porque casi ya no tenía función. Cuando le va a hacer la operación descubre que la vejiga con una medicación puede funcionar y decide no hacerle la ampliación. Se encuentra también que el riñón está en mejor estado de lo que figuraba en los estudios, así que decide no sacarle ese riñón. A. evoluciona bien, tiene sensación de orinar, aunque hay que vaciar la vejiga con unas sondas, haciéndole cateterismo. Y bueno, pasa el tiempo y en el año 96, se descubre que A. tiene una mega vejiga cuando debía ser al contrario. Cuando él me comenta esto yo le digo: "Bueno eso es un milagro". Y él me dice: "No, no sé, yo no creo en los milagros, yo no creo en los milagros."

-¿Y a partir de entonces, qué pasos se dieron?

    En el año 1999 mi hermano decide presentar el caso, animado por la Hermana Emilia. Va a ver al doctor B. y él dice que ofrece todos los estudios que tiene, que presta toda la colaboración, pero que él no firma porque no cree en los milagros. Y como mi hermano era médico firmó y se mandó el caso a Roma. Desde allí empiezan a pedir estudios y cosas más específicas. En estos cinco años se pasó por todas las pruebas que había que pasar, se respondieron todas las preguntas que se tenían que responder. Y bueno,, hemos estado en la Misa de Beatificación junto a don A. B., que no creía en los milagros.

    Estamos muy felices, A. está muy bien, hoy tiene 16 años, hace una vida absolutamente normal. Esto es un regalo del Cielo.

-Y ahora Doctor, ¿Puede presentarse?

    Si, yo soy el Doctor A. F. B., cirujano infantil. Hago urología en particular, en el Hospital de Niños de La Plata "Sor María Ludovica".

-¿Qué relación tiene con el caso de Antonella?

    Yo conocí a  A. y su familia cuando estaba internada en terapia neonatal en la Clínica del Niño en La Plata. Tenía una vejiga nuerógica como consecuencia de su enfermedad, una mielodisplasia, con una vejiga que se llama hipertónica, de mucha presión, que deteriora el largo urinario y lastima los riñones. En aquel momento estaba realmente muy mal. Le hicimos lo que se llama una vesicostomía, una derivación de la vejiga al exterior para sacar la orina y poder descomprimir la situación que se agravaba minuto a minuto y que había dañado severamente el riñón derecho. Eso fue de recién nacida.

    En el año 92, ya con cuatro años, había que cerrar su vesicostomía para que volviera a reintegrarse en la vida normal y poder quitarse los pañales. En ese momento yo había regresado de un viaje a Estados Unidos, donde había aprendido una serie de técnicas.

    Una de ellas, que se llama "de ampliación", era ideal para este tipo de vejiga: el tamaño que le falta a la vejiga se aumenta con intestino de la misma niña, entonces es una vejiga enorme, que baja la presión y puede cerrarse la vesicostomía.

    Esta niña era una candidata ideal a la ampliación de la vejiga. Y el día que yo decido operarla, cuando voy para el hospital, por algún motivo que no puedo decir claramente dije: "No la opero". Unos días después pedí otro estudio más que faltaba, no en La Plata sino en Buenos Aires. El estudio dice que si, que efectivamente es una vejiga disinergia, de alta presión, que había que ampliarla y todo lo demás.

    Bueno al final se vuelve a reprogramar la cirugía dos meses después. Yo no conocía la historia de ellos, que habían ido a Ludovica ni mucho menos. Y cuando la opero, implanto los uréteres, miro la vejiga y... La vejiga no era mala  ni buena, era una vejiga como cualquier otra. Y... no sé, la cerré simplemente. Le reimplanté los uréteres y cerré la vejiga.

    Y bueno, se ve que Ludovica se le fue la mano con el milagro porque... la vejiga es mucho más grande de lo que debiera; una vejiga debiera tener 200, 300, 400 CC y unos meses después, cuando el estudio, tenía entre 500 y 600 CC, una cosa impresionante, en mi vida había visto una cosa así. Y es realmente una cosa que no tiene mucha explicación. Yo, cuando vi la radiografía de control, dije: "Dios, mío, ¿y esto?".

-Usted no creía en el milagro. ¿Cuál fue su reacción?

    Yo... nunca fui un escéptico, pero bueno, caminaba por la cornisa de la fe, por decirlo de alguna forma. Uno cuando es más joven se hace un poco positivista ¿no?. Pero no me opuse en absoluto a que presentaran el caso. Digamos que siempre guardé cierto escepticismo en que realmente fuese aprobado como milagro. Y allí quedó.

-Entonces, ¿Qué fue lo que derrumbó sus prevenciones?

    El 17 de noviembre de 2002 a mi hijo, L., de 15 años, le pegaron un tiro. A las tres y media de la mañana, cuando el chico estaba volviendo de un cumpleaños, de noche, lo confundieron con algún otro y lo corren a tiros, le perforan el pulmón y el corazón. Y... L., caminó trescientos metros, hasta que se desmayó al otro lado de la plaza y allí unas chiquitas, que pasaban lo auxiliaron. Vino la ambulancia y se lo llevó. A nosotros nos llamaron a la madrugada diciendo que mi hijo está grave, realmente se estaba muriendo. Cuando llegamos al hospital... lo estaban operando. Mi mujer y yo somos médicos y nos dimos cuenta de la gravedad de la situación.

    Allí conocimos al padre Sergio, que es padre del Policlínico, de ese hospital, que nos ofreció ayuda espiritual. Realmente nosotros en ese momento no estábamos para nada... Queríamos ver cómo estaba el chico nada más. Y bueno, después pasó a terapia. Se le suturó el corazón y se le recompuso el pulmón. Y el mismo día o al día siguiente, el hermano de R., el que presentó el milagro, llega al hospital y le da una medallita de Ludovica a mi mujer y le dice que la va a ayudar. Bueno el chico anduvo mal realmente. Estuvo a punto de morirse.

    Así es que entre la Fe y la Ciencia lo salvaron. Lo de L. es un hecho médico que tiene explicación médica. Pero, ¿Por qué les cuento esto? Porque lo interesante de la situación es que a los 17 días le sacaron el tubo de la traqueotomía y yo, puedo hablar con mi hijo. Le pido que me de un beso y le digo: "bueno, si te salvaste de esto tenemos que hacer algo juntos: ¿Qué quieres hacer? Y él, por el agujerito de la traqueotomía me dice: "Llévame a Roma". Entonces le dije "¿A Roma? Si, vamos a ir a Roma -le digo- pero... no ahora". Tiempo después cuando le hice referencia a esto, él no recordaba lo que me había dicho. 

 -¿Qué supuso esta prueba para usted y su familia?

   Mis hijos no estaban bautizados. Mi mujer y yo estábamos bautizados y tomamos la Primera Comunión, pero no nos casamos por la Iglesia. Somos gente honesta, pero estábamos alejados de la institución eclesial.

   La primera que se bautizó es nuestra hija más pequeña. A los 14 años decidió bautizarse, cosa que nos pareció bien. Ejerció su libertad, ¿no? Así que, cuando L. sale, él y la hermana deciden que se van a bautizar.

-Y ¿Cuándo se bautizo él?

    Bueno, se anunció la Beatificación. La superiora, la Madre Emilia, me ofrece que L. tome la comunión con el Papa. Entonces yo voy a casa y le digo: "mira, L., pasa tal cosa, pero te tienes que bautizar, esto es una decisión que tienes que tomar tú, porque una vez me dijiste que te ibas a bautizar, ahora puedes bautizarte o no". Bueno, el hecho es que hace unos días apenas se decidió. Mi mujer y yo, por todo esto decidimos casarnos por la Iglesia una mañana y.... En fin, lo hicimos, en la capilla del Milagro de las Hermanas de la Misericordia, y a la tarde, en la capilla de nuestro hospital, se bautizaron los chicos.

    Y... bueno, en la ceremonia de la beatificación yo le entregué la ofrenda al Papa con los papás de A., y L. tomó su comunión. Así que supongo yo que eso es la petición que me hizo de que le llevara a Roma, ¿no?

-Ver al Papa tan cerca ¿qué le ha supuesto?

    Sentí una enorme tranquilidad. Pensé que iba a estar nervioso... Me dio una absoluta... no sé si llamarlo paz. Fue muy bueno realmente. Mi hijo, L., está conmovido, absolutamente conmovido.

-¿Lo experimenta como un crecimiento de su Fe?

    Absolutamente. Si, porque un amigo odontólogo me dice que la ciencia pura plancha mucho la perspectiva ¿no? La espiritualidad siempre te da una dimensión totalmente distinta para poder aceptar lo que uno hace como ciencia. No son incompatibles la una con la otra para nada.

-Por qué se explica esta intervención de Dios en su familia?

    Dios sabrá. Pero, si uno lo piensa, hay un hilo conductor, que empieza hace mucho. Una intervención maligna, dispararle a una criatura por la espalda es terrible; pero cuando uno ata todo, las cosas van encajando. Aquello fue impresionante. Ahí uno cambia. Los días que estuvo internado se nos abrió el abismo. Las posibilidades de muerte eran mayores que las posibilidades de vida y el camino de la fe es el que te queda, no hay otra cosa, hay que agarrarse y uno se da cuenta del por qué. Y la cadena de oraciones era "monstruosa" para mi hijo. Y la compañía de esta gente en la puerta, todo el día... se sentía el empuje. Y yo decía: "tiene que salir".

    Había algo que empujaba y empujaba. Y ayudaban los médicos, y ayudaba la gente y la oración.

-R., tú rezabas por él a Ludovica ¿qué sientes ahora?

    Yo salía de verlos a ellos, me iba a mi casa, le prendía la vela a Ludovica, rezaba y le decía: "no me puedes fallar, tienes que ayudarlo, no me puedes fallar". Y así todos los días. A la vez él me esperaba todos los días, porque él confiaba en la fe que yo tenía. Un día, en la puerta del hospital, me volvía a preguntar lo mismo: ¿y si mi hijo se salva? le digo: "Pues prepárate porque nos tenemos que ir a Roma". Y ya estamos, todos en Roma, con su hijo, con mi hija, todos. ¡La historia es maravillosa!

-¿Qué nos dirías para terminar?

    Él nos elige, no tengo dudas que nos elige para todas las cosas. Dicen que los tiempos divinos son perfectos, y es así. Cada uno de nosotros pasó todo lo que tenía que pasar y Dios sabrá por qué. Hoy es maravilloso lo que vivimos.

                                     (Extractado del libro: "BEATA LUDOVICA DE ANGELIS", Un auténtico testimonio de misericordia, un modelo para nuestro tiempo)

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